Las pulgas y los piojos miden, a lo sumo, entre tres y cuatro milímetros. Existen desde hace unos 150 millones de años y han parasitado al hombre desde el inicio de su existencia y estuvieron a punto de extinguir la raza humana. La pulga y el piojo difundieron la peste y el tifus, dos epidemias virulentas que modificaron el rumbo de la historia. Xavier Sistach, especialista en Historia Natural Antigua y miembro de la Institució Catalana d’Història Natural, acaba de publicar una obra monumental de más de 800 páginas sobre el argumento: Insectos y hecatombes. Historia natural de la peste y el tifus. Su conclusión es que estas plagas han matado más que todas las guerras juntas y que su impacto devastador ha sido superior al de los volcanes, terremotos o tsunamis.

La pulga, junto con las ratas, extendió la peste por el mundo

La pulga, junto con las ratas, extendió la peste por el mundo

La pulga no hubiera sido tan nociva si no fuera por las ratas, que son las portadoras del bacilo de la peste y que se piensa procede de sus madrigueras. La pulga se infecta al alimentarse de su sangre y, al entrar en contacto con el ser humano (la energía muscular de una pulga es tan grande que puede saltar una distancia doscientas veces mayor que su propia longitud), le inyecta la bacteria de la peste. No hay que olvidar que hace siglos la temperatura promedio en la Tierra era más baja. En Europa, en lugar de esconderse en la intemperie, las ratas buscaron cobijo en las casas, con lo que el hombre se encontró con el enemigo dentro de sus paredes domésticas.

La mitad de los apestados moría al cabo de una semana, tras padecer unos dolores atroces. Entre las varias formas de peste, la bubónica, que afecta a los ganglios linfáticos situados en garganta, axilas e ingles, era sin duda la más atroz: muchos infectados preferían suicidarse en lugar de tratar de reventar los bubones. Curiosamente, a diferencia de otras epidemias, con la peste ningún ser vivo sale ganando: ni la rata, ni la pulga ni el hombre. Mueren todos. El balance para el ecosistema es totalmente negativo.

Conocida como la muerte negra, la peste puso de rodillas a Europa entre los años 1348 y 1350. Se cree que vino de Asia y que los mongoles la prodigaron hasta Crimea. Unos comerciantes genoveses desembarcaron en Messina y así introdujeron la epidemia en la cuenca del Mediterráneo. En el Viejo Continente hubo 25 millones de muertos. En su conjunto, la Tierra pasó de 450 millones de habitantes a menos de 350 millones, con lo que se perdió una cuarta parte de la población mundial. De acuerdo con la escala ideada por el geógrafo canadiense Harold D. Foster, que mide la magnitud de los desastres humanos, la peste negra es la segunda catástrofe más grande de la humanidad, sólo superada por la Segunda Guerra Mundial. Para que se tenga una idea del impacto, es como si hoy en día murieran 2.000 millones de personas en el lapso de tres años: ¡el equivalente de todos los estadounidenses, europeos y chinos borrados del mapa! No es exagerado sostener que en esa época la raza humana se quedara al borde de la extinción. África tardó más de 600 años en recuperar su antigua población tras los estragos del siglo XIV. Algunas ciudades se quedaron prácticamente sin habitantes, por ejemplo en Florencia se cree que murieron casi 100.000 personas, casi cuatro de cada cinco florentinos.

Junto a la peste, el tifus fue la otra gran plaga que azotó a la humanidad. El mecanismo de la infección es relativamente sencillo: el piojo se acomoda en los pliegues de la ropa, que está al contacto con el cuerpo. La enfermedad se transmite al ser humano a través de las heces del insecto, donde se deposita el patógeno, una rickettsia, por simple frotamiento. El tifus se manifiesta con erupciones cutáneas, fiebres muy altas, delirios y finalmente, la muerte. El brote siempre surge cada vez que se da una fuerte aglomeración humana y la existencia de malas condiciones sanitarias. Los piojos encuentran en este ambiente propicio su caldo de cultivo (no hay que confundirlos con los del cabello, tan comunes entre los niños, pero que no son portadores de esa enfermedad). Sin alcanzar las cifras devastadoras de la peste, el tifus se cobró la vida de cuatro millones de personas. El siglo XX fue sin duda la peor época, debido a los grandes conflictos armados y las hambrunas que asolaron diversos países. Resulta por lo menos paradójico si se considera que, en el 1911 Charles Nicolle ya había demostrado el papel transmisor del piojo y, teóricamente, se podría haber luchado de una forma efectiva contra el insecto. Hubo que esperar al descubrimiento y uso del DDT para que la epidemia se redujera de forma drástica.

¿Habrá más hecatombes como las que causaron los piojos y las pulgas? «No se puede descartar, pero es poco probable que vengan por este lado. Estas epidemias estuvieron muy relacionadas con la falta de higiene, que hoy en día no es un problema tan grave. Hoy estamos más preparados para hacer frente a una pandemia, naturalmente, pero no somos ni mucho menos invulnerables», explica Salvador Macip, profesor de Mecanismos de Muerte Celular en el departamento de Bioquímica de la Universidad de Leicester (Reino Unido) y autor del libro Las grandes plagas modernas. En todo caso, no parece que el peligro vaya a venir de los insectos. «Los datos que tenemos actualmente sugieren que el mayor peligro a nivel de pandemias agresivas serían virus nuevos que puedan saltar de los animales a los humanos. En estos casos no hace falta que ningún insecto actúe como transmisor», precisa Macip.

Fuente: LaVanguardia.com

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